Ir al contenido principal

El café






Puso en marcha los rituales diarios un poco antes de lo habitual; salió a la calle oliendo a desodorante, con la ropa interior limpia y repeinado. Ya había dejado de esperar que la vida lo sorprendiera con alguien especial, pero siempre decía que estar detrás de un mostrador le obligaba a cuidar su aspecto.

Miguel rozaba los cincuenta y no se había casado nunca. Un hombre al que la vida había convertido en un solitario al que le asustaban las mujeres. Un par de novias en su juventud que lo abandonaron, las juergas nocturnas con compañeros de trabajo que siempre terminaban en algún mugriento prostíbulo, y poco más, lo fueron moldeando introvertido y tristón.

Estaba llegando una hora antes a la ferretería y no quería abrir todavía. Se pasaba diez horas allí dentro, cada día, atendiendo a gente que no tenía nada que ver con él. Necesitaba un café. Entró en un bar alejado del trabajo. No quería que le reconociera algún cliente y tener que empezar el postureo antes de tiempo. Pidió el café y se sentó en una mesita al lado del ventanal que daba a la calle.

-Un día precioso –se dijo con un suspiro.

El sol que le daba en la cara se le antojó desvergonzado, y echó hacia atrás la silla para alejarse de la indiscreta luz. El estratégico movimiento le permitió ver con detalle la calle y distraer su mente con la actividad matinal de los vecinos.

Allí estaba esa mujer otra vez. Se había fijado en ella un día en que entró en la tienda: se dio un paseo por la exposición, lo saludó con un movimiento de cabeza y se fue. Desde entonces se la encontraba por todas partes.

El color rosa siempre le había parecido cursi y hasta rancio, pero a ella le sentaba bien la blusa. Y ese bolsito colgado del antebrazo del mismo color, que parecería ridículo en otra mujer, a ella le daba un aspecto juvenil y aéreo. Solo el peso del collar de colores que resbalaba con gracia por el escote parecía mantenerla tocando el suelo. Larga cabellera oscura con flequillo, vaqueros estrechos y glúteos planos. Le gustaban las mujeres sin demasiadas curvas, le parecían más elegantes.

Ensimismado en la contemplación de la mujer no se había percatado que se dirigía a donde estaba él, que iba entrar en el bar. Instintivamente bajó la mirada queriéndose esconder, como de niño, cuando le pillaban haciendo una travesura. Contuvo la respiración un buen rato.

Cuando recuperó el aliento no pudo evitar levantar la vista y mirar. La vio sentada en la barra, mirándole. Le saludó con su gracioso golpe de cabeza, que esta vez acompañó con una sonrisa.

Captada la señal y como si le hubieran inyectado coraje directo en vena, él se levantó y se dirigió a la barra.

-Buenos días, ¿me permites que te invite a un café? - pregun.

-Buenos días. Pues sí, estaré encantada, gracias -contestó ella con una voz profunda de barítono, discordante con su aspecto vulnerable.

Fue entonces cuando se fijó en la nuez de su cuello y, en lugar de sentir repelús, como hubiera esperado, le pareció el órgano más sensual que había visto jamás. Y comprendiendo de golpe que siempre lo había sabido, le devolvió una sonrisa que lo prometía todo.
 


 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Un pozo llamado tristeza

Me tenía acostumbrada a no descolgar el teléfono. Pero esta vez llevaba quince días desconectado o fuera de cobertura. Empecé a preocuparme y volví a presionar el telefonillo verde de mi móvil, pero nada. Me puse el abrigo y salí en dirección a su casa. Toque el timbre y abrí la puerta con la llave que se resignó a darme después de mucho insistir. La casa estaba fría. Olía a agrio y a caca de gato. No pude evitar una arcada de asco. No me gustan los gatos, ni la suciedad. − ¡Tía Luisa!− la llamé, mientras entraba haciendo ruido para no asustarla. La encontré tirada durmiendo en el sofá rodeada de latas de cerveza y con la bata abierta dejando sus muslos al descubierto. A pesar de la indecorosa escena afloraba belleza de su cuerpo dolorido de tanto vivir. − ¡Luisa...!, ¡tía…!, despierta vas a resfriarte. No has encendido la calefacción y hace un frío de muerte esta semana. − No importa – contestó, mientras hacía un esfuerzo para incorporarse cubriéndose las piernas con tardío pudor. −Pues …

Mujeres, Sarah Boone

Me plantée aportar mi granito de arena a este once de febrero y escribir alguna cosa sobre una mujer de la que nunca hubiera oído hablar. ¡Hay tantas y tan olvidadas!, que tardé mucho en decidirme por una. El tiempo que me llevó sirvió para guardar una larga lista en mi blog de notas que, con placer, iré descubriendo poco a poco. Elegí a Sarah Boone por ser la primera mujer afroamericana en obtener los derechos de patente de un invento y en una época terrible. Recordareis que no antes de terminar la guerra de secesión americana en 1865, no se abolió la esclavitud en el sur de Norteamérica, y Sarah nació en febrero de 1832 en el condado de Craven, Carolina del Norte, cerca de la ciudad de New Bern, en plena zona esclavista. Nuestra ingeniosa protagonista con quince años se casó, en noviembre de 1847, con un liberto llamado James Boone con el que tuvo ocho hijos. Me pregunté si ella también había sido liberada, o tuvo la opción de comprar su libertad, pero no encontré información al respe…

Me gusta tu olor

Si has estado en África subsahariana, sabrás de lo que hablo. Si no, pídele a alguien que te lea mi relato despacio y cierra los ojos. Trasládate con la imaginación al “Grand Marché” de Porto Novo, en Benín. Visualízate paseando inmerso en un calor sofocante, entre un sinfín de tenderetes obligándote a ralentizar tus movimientos, y agudiza los sentidos. El recorrido va perturbando tu olfato con multitud de olores mientras graban emociones fuertes en tu mente. 

A tu derecha descubres delicados perfumes de frutas maduras de vivos colores, que te sumergen en un paraíso desconocido lleno de dulces. Mientras el olor espeso a polvo rojo, como la tierra que pisas, es seco y agrio. Polvo que se filtra a través de esa pelusilla de las aletas de tu nariz, que tendrás que limpiar cada noche si deseas volver a zambullirte en nuevas fragancias a la mañana siguiente.

A tu izquierda, guindillas enanas tan rojas como la sangre, que te harán estornudar haciendo sonreír socarronamente a la vendedora, y q…